EL VALOR DE LA IMPERFECCION

Desde siempre, la Humanidad parece moverse como un péndulo. Las sociedades oscilan entre extremos, a veces lentamente, a veces de forma abrupta, pero casi nunca permanecen inmóviles. Desde que el ser humano tomó conciencia de su capacidad racional, ha sentido la necesidad de dejar por escrito sus ideas, sus normas y sus formas de actuar. Gracias a ello hoy podemos mirar atrás y observar esos movimientos.
En religión, por ejemplo, se ha virado de sociedades casi teocráticas a otras profundamente religiosas, y de ahí a entornos cada vez más agnósticos o abiertamente ateos. En política ocurre algo parecido: países enteros —o incluso continentes— se desplazan con el tiempo desde posiciones extremas hacia su contrario. Regímenes absolutistas o dictatoriales se transforman en democráticos… y, pasado un tiempo, el péndulo vuelve a oscilar.
Lo mismo sucede en la evolución sociológica y cultural que impregna la vida cotidiana, el trabajo y las relaciones personales. A veces los ciclos son tan largos que generaciones enteras viven instaladas en un extremo sin percibir el desplazamiento que lentamente se está gestando.
En nuestra época parece dominar una corriente particularmente marcada: el perfeccionismo. Surgen modelos que establecen cómo deben hacerse las cosas “correctamente”. Se fijan normas, patrones, guías. El mensaje es claro: apartarse de ellos lleva al error. Esta tendencia aparece en la gestión de empresas, en la política, en el deporte… y también en la escritura.
Resulta curioso que haya tenido que irrumpir la Inteligencia Artificial para recordarnos algo tan profundamente humano como el valor del error. Sus respuestas, a menudo impecables y estandarizadas, evidencian precisamente aquello que les falta: la irregularidad, la intuición y la imperfección propias de la mente humana.
Algo parecido ocurre con la creación literaria. Quienes intentan construir una narrativa capaz de entretener o conmover se ven cada vez más dirigidos hacia técnicas consideradas modélicas: cómo debe estructurarse una trama, cómo evolucionan los personajes, qué ritmo debe seguir la historia. Casi todo parece normalizado, como si apartarse de esas pautas significara entrar en el territorio de lo incorrecto.
Sin embargo, basta con leer a muchos autores —consagrados o modestos— para comprobar que las obras más interesantes no precisamente siguen esas reglas. La literatura, como tantas otras formas de creación humana, prospera en los márgenes de la norma.
Quizá, esta vez, el péndulo no llegue a oscilar hasta el extremo opuesto. Pero conviene recordarlo: la creatividad nunca ha sido hija de la perfección absoluta.
Viva la imperfección.

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