El personaje

El personaje no existe.

No al principio.

Antes de la primera línea, antes incluso de la primera idea clara, el personaje es apenas una intuición. Un gesto, una voz, una reacción posible ante algo que todavía no ha ocurrido. No tiene forma definida. Tampoco necesita tenerla.

Y, sin embargo, sobre él se construye todo.

 

En mi corta experiencia, he escrito partiendo de un personaje indefinido… y otras veces de uno ya investido de persona. Han sido cuatro libros, los dos primeros han visto el mercado y los siguientes lo serán próximamente.

Sentimientos que ciegan fue mi primera novela y en ella, centrado más en la trama y la acción que en los actores, dejé crecer a Mikel y Serena. De esta forma ambos se formaron a medida que avanzaba la narración, como si el personaje tuviera una vida propia y yo me limitara a observar. No había un plan detallado. Una dirección sí, pero no un camino trazado. Escribir se convertía cada día en un descubrimiento. Mi propia aventura.

En estos casos el personaje reacciona, se contradice, evoluciona. Y el autor, más que imponer, acompaña. Acepta desviaciones, giros no previstos, decisiones que no estaban en el esquema inicial —si es que había alguno—. El riesgo es evidente: perder el control. La recompensa también: encontrar algo que no estaba previsto.

No todos los escritores gozan con esta opción. Los hay que necesitan partir con un personaje al que conocen como si hubieran convivido con él. Lo conocieron en algún momento que recuerdan con nitidez. Compartieron cenas, discusiones, amigos en común. Conocen sus gustos. Incluso a su familia.

Los que así crean sus historias, construyen al personaje antes de ponerlo en movimiento. Definen su carácter, su entorno, sus límites, sus debilidades. Lo someten a un proceso previo, casi de laboratorio, donde cada rasgo tiene una función.

Aquí, el personaje no se descubre.

Se diseña.

Y ese diseño condiciona la novela. No tanto porque determine cada escena, sino porque establece un marco: qué decisiones son posibles, cuáles no lo son, hasta dónde puede llegar, dónde se detiene. La trama no se impone al personaje. Se amolda.

Venganza entre viñedos, mi segundo libro, es un poco así. Partí con el boceto de Mateo y Jacinto como hermanos.

Creé una familia, un entorno, un pueblo. Sólo entonces escribí la primera línea.

 

No creo que exista un perfil de escritor. Cada uno tiene sus preferencias, pero cada historia exige su propio camino. Y el escritor debe adaptarse a él.

Mi primera novela fue salvaje, libre. La segunda más meditada.

Las próximas, Entre dos Mundos y Camino de Sangre, son casos distintos. La primera es una mezcla entre protagonistas reales, alrededor de los que se narran historias en las que otros personajes, algunos de ficción,  se desarrollan durante la novela.

Camino de sangre es ficción, pura tensión, y sentí la necesidad de perfilar algo de cada personaje, antes de empezar a escribir, los rasgos que definirían su forma de responder ante la historia.

Ambas formas conviven.

No responden a una norma ni a una jerarquía. Tampoco garantizan resultados. Hay personajes que nacen sin planificación y acaban siendo precisos. Otros, cuidadosamente diseñados, no llegan a funcionar.

Quizá porque el personaje no es una suma de rasgos.

Es una coherencia.

Una forma de estar en la historia que el lector reconoce —aunque no sepa explicarla— como algo posible. No necesariamente real, pero sí verosímil dentro del mundo que habita.

Y esa coherencia no siempre se alcanza del mismo modo.

A veces aparece al escribir.

A veces se construye antes.

En ambos casos, el trabajo es el mismo.

Sostener al personaje el tiempo suficiente como para que deje de ser una idea… y empiece a comportarse como alguien.

Y quizá ahí, en ese momento difícil de señalar, es donde el escritor deja de inventar.

Y empieza a seguir.

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