Rentabilidad. Es lo que todas las empresas buscan. También las editoriales. Y no es algo inapropiado. Es lícito.
Sería absurdo pensar que hasta el siglo XX las editoriales eran organizaciones sin ánimo de lucro que se dedicaban a publicar libros, por el simple honor y la ética de entretener al comprador. Y sería absurdo pensar que hoy día se han convertido en monstruos abominables que exprimen a sus proveedores, autor incluido, y al cliente.
No, no hay tanta diferencia, pero la escala es lo que ha ocasionado un gran cambio. La tecnología, esa que tanto nos aporta, tiene también sus efectos colaterales.
Antes de la aparición del mundo digital, los recursos de creación exigían una dedicación y un esfuerzo intensivos. Creación para el autor, que escribía manuscritos que finalmente transcribía con máquina de escribir y papel carbón, para poder obtener copias y enviarlas vía postal a unas pocas editoriales. La selección de escritores era pues algo natural, sólo aquellos dotados de las habilidades, y del tiempo necesario, llegaban al hito del envío postal. La editorial recibía un reducido volumen de manuscritos. Aquellos que eran seleccionados verían una portada creada por medios tradicionales de dibujo y pintura. Todo con sus tiempos. Finalmente las primeras
tiradas, mediante los sistemas de reprografía del momento, eran de decenas de miles para poder optimizar el coste. El sistema se autolimitaba por tanto desde el principio, desde el ente creador, hasta las obras elegidas cuidadosamente con la mayor garantía de aportar grandes ventas, proporcionales a las tiradas de producción.
La distribución de los ejemplares a las librerías se podía hacer con mimo. La presentación de novedades a estas era esporádica, casi de exclusividades. El librero era prescriptor. El autor recibía adelantos de las ganancias futuras, en contratos respetuosos con las limitaciones de la capacidad humana para imaginar nuevas historias.
Pero la aparición de lo digital lo cambiaría progresivamente todo. Escribir un manuscrito ya no era algo «premium», se convirtió en algo popular, al alcance de quien tuviera un ordenador, en el que se escribía un manuscrito original del que podían obtenerse fácilmente reiteradas versiones y copias por impresora. Pero ni eso fue necesario con la aparición del correo electrónico y los ágiles envíos a editores grandes y pequeños. La primera limitación del sistema había desaparecido y con ello, y con el paso del tiempo, la generalización de la escritura y un tsunami de manuscritos que llegaría a las editoriales.
Estas vieron cambiar sus recursos para analizar la avalancha: tratamientos de textos, editing, traductores, correctores, creación digital de portadas. La producción cambió con la aparición de tecnologías digitales de reprografía, que llevaban el coste al mínimo para tiradas técnicamente impensables en el pasado, sólo cientos o decenas de ejemplares, podían ser impresos a un coste asumible. Incluso una impresión única bajo demanda.
El catálogo de las editoras empezó a crecer. Y el mundo de las editoriales también. ¿Si hay tanta oferta, por qué no habrá espacio para más editoriales? Y nacieron las pequeñas y medianas, con más o menos éxito, algunas de las que con el paso del tiempo acabarían devoradas por los grandes tiburones, integradas en grupos editoriales. Los sellos empezaron a especializarse, sellos literarios, sellos comerciales para el suspense, para el romance, para la historia…
Había empezado la carrera. La primera ola del tsunami creativo la compensó la evolución tecnológica de edición y producción. Parecía posible que la escritura no fuera de unos pocos elegidos. Entonces ¿Por qué no más? Y el fenómeno creció. Amparado por el aumento demográfico y por el progreso cultural de la sociedad. Las siguientes olas del tsunami creativo ya no serían tan sencillas de digerir. Incluso las fronteras políticas y geográficas se fundían ante el poder digital. Y la creatividad artificial de la inteligencia asomó para temor de todos.
Había crecido la oferta. En exceso de oferta sobre la demanda, los precios se ajustan. Y eso empezó a ocurrir también para los escritores, que vieron cómo las regalías menguaban y cómo los anticipos desaparecían. La demanda aparente por el crecimiento de editoriales que transformaban la creación en algo tangible, también. Pero era un espejismo, porque la demanda real no es la editorial. Es la del lector, como consumidor.
Y la voracidad del consumidor empezó a estar saturada de fáciles ofertas visuales, en redes móviles y en televisión. El crecimiento demográfico que hubiera podido significar un aumento de consumo lector, no se produjo. El exceso de oferta se tradujo en una demanda no solicitada. La editoriales cambiaron su modelo de negocio.
El catálogo, anteriormente trimestral o mensual, pasó a ofrecer a las librerías novedades semanales.
La rotación de libros crecía exponencialmente y la saturación del tsunami se transmitía al paso final de la cadena: la exhibición en librerías, aparición de grandes plataformas de distribución y por consiguiente un consumidor-lector apabullado con tanta oferta. Y aun así, parte de esta oferta se quedará sin ventas, sin notoriedad publicitaria que la ponga a tiro del lector, aunque sea una obra de calidad.
Entre tanto, las editoriales habían dejado de seleccionar las obras por su valor como tal. La rentabilidad estaba ligada a la imagen del autor, su proyección futura, el ajuste al gusto del mercado. Porque a la par se habían creado herramientas para entender al consumidor, y marketing para guiarle en los intereses más rentables. Una carrera larga de un autor de mediana edad que sabía cómo empatizar con el público, era más rentable y podía justificar más recursos de publicidad y con ello más ventas que la de un desgastado consagrado o un tardío escritor, ensayista o pensador.
Sellos editoriales y grupos volcados con autores escogidos, para unos pocos años, relevados con la siguiente generación, mientras el catálogo, el fondo que sostenía a las inversiones fuertes, se actualizaba con ferocidad para ofrecer un dinamismo de nuevas obras que exprimir, con cortas vidas para ellas y para sus autores.
Nadie tiene la culpa. Simplemente es la ley de los negocios. Sobrevivir. Adaptarse al mundo. Quien no lo haga, simplemente no juega. Quien juegue, puede perecer en el intento.




