Desde que empecé a escribir, y no hace mucho de eso, a mi alrededor aparecen rostros sorprendidos que a mi parecer magnifican el hecho de ser capaz de contar una historia de forma ordenada e interesante.
La pregunta frecuente es «¿de dónde sacas las ideas para escribir? Esas tramas».
Primer error. La trama es la ligazón de hechos y la manera de contar la historia. Eso necesita un proceso de organizado pensamiento.
La idea, la semilla, surge en lo más inesperado, eso sí, las buenas lo hacen entre un montón de estériles. Puede ocurrir al leer, al escuchar una noticia, hablando con un amigo. A veces, solo a veces, la memoria aporta su granito. Y escasamente, los recuerdos también. Quizá pareciera que memoria y recuerdo deberían ser lo mismo, vivencias personales del pasado que acuden al consciente en un momento actual. Pero no.
Mis recuerdos son míos, mi cajita personal de cosas que pasaron a mi alrededor. Son tan cercanas que raramente -por anodinas- merecen el grado de semilla literaria. La memoria, sin embargo, es un gran cajón, en el que está encerrada la cajita de los recuerdos. La memoria recordará hechos ajenos, quizá vistos, quizá leídos en un periódico o narrados por alguien, pero a los que muy probablemente habré sazonado con mi propia opinión, tergiversando el hecho real. O habré mezclado hechos cronológicamente distantes, formando un falso registro. Así que es probable que cuando mi memoria me presente una idea que sirva de germen de una nueva novela, esta parta ya de una alteración de la realidad, ya esté novelada en directo en aquel momento.
Sí, las ideas de hoy para contar una historia con la esperanza de que sea atractiva, son la mezcla libre de la memoria y de la actualidad, ¿quizá es esto a lo que llamamos imaginación?




