Se repite en tertulias y corrillos: el mercado editorial está saturado. Demasiados libros, demasiados autores, demasiadas mesas repletas en agencias y editoriales. A su alrededor ha brotado toda una industria parasitaria que vive de esa sobreproducción. Publicar con una editorial tradicional ya no garantiza visibilidad: salvo contadas excepciones, muchos títulos nacen sin respaldo, apenas como piezas de recambio en catálogos que se renuevan sin descanso.
Se añora —con una nostalgia quizá tramposa— el tiempo en que los escritores eran pocos y, supuestamente, elegidos.
Pero la pregunta incómoda es otra: ¿ocurre sólo en la literatura?
La música vive un fenómeno paralelo. La digitalización ha multiplicado voces, estilos y accesos. Hoy basta un fragmento para medir el interés comercial. El filtro es inmediato, casi impaciente. Las discográficas —como las editoriales— navegan en un océano de propuestas.
Y, sin embargo, el juicio social no es igual de severo. Nadie clama con la misma vehemencia contra el exceso de canciones. Tal vez porque escuchar implica menos compromiso: cambiar de pista es instantáneo, el descarte no pesa. El lector, en cambio, invierte tiempo, y con frecuencia dinero, y eso exige más criterio.
El resultado es un paisaje creativo desbordado en ambos mundos, pero con distinta tolerancia. Programas de talentos, autoedición, plataformas digitales… todo florece con la misma lógica digital: abundancia sin tregua.
Quizá —estoy seguro— el problema no es la cantidad.
Sino nuestra forma de enfrentarnos a ella.
Pero cercenar la creatividad, o a los creadores, no debería ser objeto de debate.
Porque limitar la creación nunca ha sido una solución para nada.




